lunes, 21 de noviembre de 2011

Caravaggio una vida de claroscuros

El arte delata al hombre. Y las obras de Carava-ggio, con su hagiografía del dolor y de la piedad, rezuman ese temperamento insolente y orgulloso que le fue modelando la leyenda. El pintor era un encrucijada entre sus impulsos y las normas de su tiempo. Traía, desde su Lombardía natal, el carácter híspido y genial, insumiso y violento, que le condenó a la orilla más amarga y dura de la existencia, a esa maldición del genio atrapado en la jaula de su época. Luca, un barbero-cirujano que le conoció en Roma, lo describió como «un joven fornido, de unos veinte o veinticinco años, con barba negra más bien rala, cejas pobladas y ojos negros, vestido de negro, más bien desaliñado, con unas calzas negras que están un poco gastadas y que tiene una espesa mata de pelo que le cae sobre la frente». El retrato de un rebelde. Una semblanza que todavía podemos observar en sus lienzos (se autorretrata en «David con la cabeza de Goliat»). En todas las obras, por muy sutil que sea la pincelada, acaba asomando el autor por alguna de sus esquinas. Andrew Graham-Dixon ha desentrañado el misterio de sus trabajos en una biografía detallista y pormenorizada, y, con la escasa documentación que aún se conserva del pintor, ha desentrañado los tres misterios que todavía envolvían su nombre: las circunstancias de su muerte, la ambigua naturaleza de su sexualidad, el asesinato que le condenó y las técnicas de su arte.

Aspiraciones nobiliarias
El autor se remonta hasta su infancia para encontrar las obsesiones que el artista tenía en su juventud y madurez (falleció a los 38 años): sus aspiraciones nobiliarias, la influencia de Carlo Borromeo y la marca que le dejó la peste, que se cebó con crueldad en su familia. Sobre ese sedimento, más una predisposición a la sedición y una incapacidad innata para asumir cualquier jerarquía, se levantó el genio. En un lienzo no sobrevive sólo la pintura, el barniz del acabado, el estilo, que no es más que la impronta del talento. También está proyectada la mirada del creador: sus miedos, terrores, creencias y firmezas, que son las abstracciones que saturan las conciencias. Caravaggio no fue únicamente el pintor del claroscuro. También fue un revolucionario insatisfecho, obsesionado con su destreza y que no cesaba de compararse con maestros como Miguel Ángel o Leonardo da Vinci, en una especie de duelo singular con el pasado, con los antecesores.

Su pintura resultó novedosa por ese contraste de luces y sombras –que no es más que una proyección de su alma escindida, dividida entre virtudes y vicios, de lo sagrado y lo profano–, que levantó admiraciones y suscitó hirientes críticas por la falta de «decoro» de sus figuras y ese culto al «naturalismo» que timbraba sus óleos. También introdujo temas insólitos que después fueron aceptados y prosperaron en la pintura, como el ardid y el engaño («Los tahúres» y «La buenaventura») o el drama que discurre por los bajos fondos. Su inquietud, o quizá la herencia de pintor autodidacta –apenas aprendió nada en el taller donde comenzó a trabajar–, le impedía aceptar otras iconologías y sus lienzos aportaron una manera nueva de representar las escenas religiosas. De hecho, como cuenta Graham-Dixon, fue único en cómo concebía la pintura: «Carecía de un estudio convencional. Tenía algún muchacho que le ayudaba, Cecco en particular, pero en lo esencial lo pintaba todo él mismo. No dibujaba. Nunca fundó un taller con ayudantes (...). No reunió en torno suyo a un círculo de discípulos y no tenía acólitos que difundieran sus ideas (...). No circulaban álbumes de dibujos suyos». De Caravaggio quedan las obras y toda esa corte de denuncias que le llevaron ante el juez. Una vida llena de delitos, malas compañías y duelos.

El pintor proxeneta
Las indagaciones de Andrew Graham-Dixon han sacado a la luz un aspecto revelador. El pintor fue proxeneta y gobernaba a una serie de cortesanas (prostitutas) de las que se beneficiaba económica y sexualmente, además de usarlas como modelos para sus cuadros, incluidos los sagrados (un aspecto que le acarreó más de un problema). El detalle, que hasta ahora había pasado desapercibido para los estudiosos, aporta coherencia a esas noches errabundas en las que el pintor, armado con una espada, se adentraba en la noche, y aclara sus pendencias, peleas, asaltos y todas esas turbulentas madrugadas que le esculpieron su fama de hombre arisco y agresivo.

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